Retornados: entre albergues y el desespero

Muchos llegaron caminando a la frontera con Venezuela y al llegar al país empezaron un periplo de albergues y cuarentenas antes de poder llegar a sus casas. El gobierno esperaba unos 15 mil ciudadanos de vuelta, unas previsiones que vieron desbordadas por los 70 mil venezolanos que ya regresaron a su país

Un día del mes de abril, luego de quedarse sin trabajo en Bogotá por el COVID-19, Eduardo Mendoza se levantó y decidió que regresaría caminando a Venezuela. Tomó su mochila con cuatro mudas de ropa y animó a otro connacional que vivía cerca para emprender el camino.

Cuenta que caminaron por siete días y durmieron donde los agarraba la noche, incluso una vez en un cementerio. Al llegar a la ciudad de Pamplona, a unos 80 kilómetros de la frontera, un autobús del Gobierno Colombiano los acercó hasta el puente internacional en Cúcuta.

Al siguiente día, cuando finalmente pudo cruzar a territorio venezolano, lo esperaba un equipo de médicos y policías. Primero le revisaron la huella para saber si estaba solicitado por las autoridades y luego pasó por una de las cinco pruebas rápidas que le hicieron en los siguientes 14 días.

“Salí negativo, pero esperamos mucho tiempo por unos autobuses que nos trasladarían al refugio. Todos los que estábamos allí teníamos hambre y no nos dieron absolutamente nada de comer, ni agua; distinto a Colombia que nos había dado comida y bebida el día antes mientras lográbamos cruzar la frontera”, expresó.

Este joven de 20 años, que es cantante de rap, contó que luego de unos 20 kilómetros llegaron a una escuela abandonada que les serviría de albergue para cumplir, junto a otras 400 personas, la cuarentena obligatoria designada por el Gobierno.

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Un grupo de venezolanos caminan a lo largo de las carreteras colombianas para llegar a su país después de quedarse sin trabajo por la pandemia de COVID-19, según reseña France 24.

“Fuimos los primeros en llegar a ese refugio. No tenían nada preparado. Dormimos los tres primeros días en el piso pelado. Al cuarto día llegaron unos colchones. Los baños estaban dañados, y comíamos poco”, señaló.

Según Mendoza al pasar los días fue mejorando la situación, en parte porque el militar que estaba a cargo hizo lo posible por mejorar las condiciones. “El capitán pidió recursos, y nosotros mismos arreglamos los baños y las instalaciones para hacerlas más confortables”.

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Compartía el ala del albergue con otros 252 hombres. Lo recuerda porque todas las tardes los contaban para ver si alguien se había fugado. Las mujeres y niños estaban en otro lado de la escuela.

Llegó el día de partir a Valencia, la ciudad donde vivía con su madre antes de emigrar. Varios autobuses del gobierno cargaron a los retornados para llevarlos a ese destino. Un viaje de unos 670 kilómetros lo hicieron en 24 horas. “Nos paraban en todas las alcabalas y además de eso se nos pinchó un caucho”.

Varios venezolanos pasan el tiempo en uno de los albergues fronterizos destinado a acoger a los retornados al país.

Cuando arribaron a Valencia, los llevaron muy tarde, en la noche, a la Villa Olímpica, un lugar que también funge como albergue. Le hicieron la última prueba rápida, le dieron alimentos y bebidas y lo montaron en otros autobuses que lo llevarían hasta la puerta de su casa. No pasó: lo dejaron en un puente donde tuvo que caminar, por horas, de madrugada.

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